De cal y arena

La visita del papa Francisco a Chile y el Perú resaltó dos realidades distintas para el catolicismo latinoamericano, aunque con problemas muy parecidos. Según el Latinobarómetro, en media docena de países de la región, el catolicismo está por debajo del 50% de la población, aunque por razones distintas. En Uruguay y Chile, por un proceso de secularización de sus sociedades. En América Central, la razón la explica la hegemonía de múltiples confesiones evangélicas.

En el país sureño, el pontífice romano pudo constatar no solo que los católicos son menos del 45%, sino que su figura dista de mayor aceptación. Dos razones contribuyen a ello. La protección de la jerarquía a los crímenes sexuales del clérigo Fernando Karadima, más otros ochenta sacerdotes, añadido al rechazo de buena parte del pueblo mapuche, una etnia que no solo se siente maltratada, sino que vuelve a su religiosidad pre hispánica.

En tierra peruana, su primer discurso en el departamento amazónico de Madre de Dios, fue bien recibido. En la línea de su encíclica ecologista Laudato Si’, denunció la explotación extractivista y la esclavitud que agobia a los pueblos amazónicos. Reivindicó las identidades nativas, aunque, quizás a su pesar, tuvo que ser recibido por autoridades que representan la depredación y la trata de personas.

En sus otros actos oficiales, tanto en Trujillo como en Lima, no dejó de ofrecer frases interesantes contra la violencia, el feminicidio e incluso, la corrupción de la política. Mencionó uno por uno a los expresidentes involucrados en Lava Jato, sin dejar de espetar sus críticas delante de PPK y los Fujimori.

Solo después de su viaje habló sobre el pedido de prisión de la justicia peruana para los líderes de Sodalicio, cuyo superior vive protegido por el Vaticano en la capital italiana. Como en Chile con el obispo de Osorno, encubridor de Karadima, aquí apareció al lado del arzobispo piurano, José Eguren, del Sodalicio.

Salvo en la errónea y patriarcal concepción de la sexualidad, donde el dogma cierra filas. Francisco demostró que la percepción social de los jesuitas resulta muy diferente a la del Opus Dei del cardenal limeño.