Cuando las papas queman

A los políticos corruptos no les gusta que los llamen corruptos. Cuando se ha demostrado su incapacidad moral, cuando se ha comprobado que mienten, cuando se descubre que han otorgado indulto y gracia a un ladrón y asesino solo por conservar la presidencia, cuando las encuestas demuestran, una tras otra, que el país los desaprueba y los detesta, se revela en toda su dimensión la magnitud de su corrupción, el tamaño de su cinismo.

León Tolstoi, el genio ruso de la novela, escribió que “en épocas de oprobio el único lugar digno de un hombre libre es la cárcel”. En el Perú, durante 25 años, en época de oprobio el único lugar digno de un gran corrupto ha sido la presidencia de la República. Debiera ser, será, la cárcel.

Una suerte de liga de la inmoralidad y las malas costumbres ha impuesto, o restaurado, su reino en el Perú. Se ha apoderado de las palancas del poder, donde demuestra su incapacidad para reconstruir y su ejercicio del poder como represión brutal contra demandas justas: los campesinos muertos en Pasco y en Huancavelica, señala lo único que esa liga sabe hacer cuando las papas queman: matar.

Reproducimos enseguida párrafos de un ensayo del filósofo español Fernando Savater publicado en El País el 3 de setiembre de 2017:

“Los autores clásicos de sátiras, como Juvenal y Horacio, analizaron críticamente la extensión de la corrupción en la sociedad romana. En particular Juvenal señala un aspecto que hoy nos interesa especialmente: la falta de sentido de lo común, del bien público, “entre aquellos a los que la fortuna favorece en más alto grado”. Es decir, quienes por obtener más beneficios de las convenciones y principios sociales deberían ser sus más celosos guardianes.

“Las motivaciones de los corruptos para legitimar a sus propios ojos las fechorías que cometen deben abarcar un amplio registro. En primer lugar, desde luego, van aquellos para quienes aprovecharse de todo lo que les lucra, por poco que sea, es casi una ley moral, como las de Kant pero al revés. Luego están los que creen que prestan servicios tan destacados a la comunidad que se lo merecen todo y más: estoy convencido de que en la banda de los Pujol, sobre todo en la rama matriarcal, prevalece ese sentimiento de “¿qué sería Cataluña sin nosotros? Sólo cogemos lo que nos corresponde…”. Y hay otros que han nacido para el embrollo y la tropelía, para los que la deslealtad es un mórbido placer aunque arriesguen más de lo que pueden obtener: en una palabra, que “pagarían por venderse”, como dijo Flaubert”.