Corcuera

El poeta Arturo Corcuera enseñó a vivir como la jirafa: con la cabeza en el cielo y los pies en la tierra.

Obsequió belleza y verdad e hizo feliz a mucha gente. Un poeta es vital para la felicidad y mejorar las sombras.

Era un coleccionista extremo, como Neruda, como todo gran poeta, y llenó su casa de cosas; pero más repleto tenía el corazón.

Sabía querer demasiado, odiar poco, y se doctoró de cariño y las musas no se escaparon de él porque le dedicó todo su tiempo.

Se esmeró tanto que hasta los que no lo habían leído decían: “Él sí es poeta”.

Era un niño en cuerpo de Noé, un hombre en cuerpo de niño disfrazado de Noé. Era un Noé delirante, clarificado.

Me gustaba su rebeldía, esa dedicación exclusiva y excluyente, en esculpir la palabra. Era poeta hasta cuando iba a comprar pan.

En la calle Santa Inés de Chaclacayo el poeta, con los cabellos blancos, largos y aleonados, esperaba a los visitantes que, después de un tiempo, se iban llenos de cariño y poesía.

En la Casona de San Marcos, su universidad, lo despidieron ayer sus seguidores en medio de flores y poesía y sus restos serán cremados hoy solo entre sus familiares.

Deja un ingente vacío en la poesía. Nos deja dos poemarios: “La celebración de tu cuerpo” y “Mi casa”. Se fue después de cumplir su destino en 81 años.