Como en la infancia

Todo está muy saturado. La gente está impaciente y las calles gritan <>. Hay más tráfico de lo normal; más presión, más alboroto, más desorden, más delincuencia, más peligro; fiestas navideñas. Sin embargo, con toda esta presión infalible, rescatamos el hecho de estar en familia, otra vez. En la infancia era mucho más fácil, era una sensación increíble. Todos nos moríamos por la Navidad, se digería con fogosidad y pasión. Ahora es diferente, ahora pensamos, nos estresamos, nos preocupamos y un sinfín de cosas. Es así como empezamos a dejar de lado los pequeños detalles que hacían de nuestra vida una mejor sinfonía y no esta monotonía, estas ganas inmensas de querer escapar y no volver por cierto tiempo, hasta que, de algún modo, todo esté mejor. Crecemos, pero también aprendemos; esa es la gran diferencia. No sé en qué momento me hice más humana y comencé a actuar mejor. Mejor que en ningún momento de mi vida. Es difícil no cometer errores. Ellos están ahí, como un antojo constante, como si fuese nuestro plato favorito; allí, diciendo “cométeme”, “aquí estoy”. Es inevitable. Y caemos. Estamos siempre cayendo. Nunca vi a mi padre como el hombre que ahora es. Hace aproximadamente un mes él acogió a una perrita inválida en nuestra casa. Fue inesperado –como la llegada de todas nuestras mascotas–. Eran las seis de la mañana, mientras yo preparaba jugo de papaya, él sacó su auto de la cochera. Por la noche, al regresar, había una perrita en casa. Nos contó. Ella estaba en la puerta de la cochera y muchos perros le perseguían porque al parecer estaba en celo. Estaba sucia, evidentemente abandonada, con pulgas y garrapatas, lesionada, muy delgada y herida. Papá no dudó en darle agua y comida, y por el apuro la guardó en la cochera hasta su regreso. En la noche se puso los guantes, la bañó y usó las respectivas medicinas. Lila mejoró. Algunos días papá decía sonriente; “la perrita está mejorando”. Se notaba, tenía más entusiasmo, se le veía limpia y tranquila. El día domingo llegué a casa después de un paseo con Lady Diana. Papá abrió la puerta y me dijo; “Tati, te presento a la esposa de Pipo, Pipo será padre”. ¡Lila está embarazada! Sonreímos. Ahora estamos felices; algo así como en la infancia.