Buscan dañar, no esclarecer

El pasado martes me enteré que la comisión parlamentaria ante la que respondí en su momento a cabalidad las interrogantes que me planteaba, hasta que a los señores legisladores no les quedó más preguntas ni repreguntas, había decidido, a propuesta de su presidenta, que pase de la condición de declarante invitado a la de investigado. Al escribir estas líneas, no había recibido la citación.

Y, como siempre ocurre en estos casos, una vez más me enteré por medios de prensa que tienen cierta tendencia y afinidades, a la que ciertos miembros de la comisión informan de inmediato, burlándose de la reserva en la que se supone deben mantenerse las sesiones del grupo legislativo y que la citada presidenta juraba hace solo unos meses que respetaría y haría respetar.

Teniendo en cuenta que he respondido todo lo que me preguntaron los miembros de la comisión, no se me ha dicho el motivo por el cual he pasado a ser investigado, y en las declaraciones y “filtraciones” en la prensa solo asoman generalidades tales como no haber sido satisfactorias mis respuestas -¿por qué no me lo plantearon cuando declaré?- o haber surgido nuevas necesidades de declaraciones hechas en los medios.

Eso es como decir que a uno lo declaran investigado porque a los señores parlamentarios les parece que así debe ser y punto, o que simplemente tienen curiosidad por seguir sabiendo de mí o hacerme alguna repregunta, como si eso fuera suficiente para tan grave medida.

Y la medida es sumamente grave para todos aquellos a los que ha sido aplicada por razones que poco tienen que ver con la misión de investigar determinado asunto, porque, con el ensañamiento amarillista mediático con que el caso ha sido tratado, en la mente del público ser investigado es ya casi un equivalente de ser un corrupto.

El estigma de ser investigado y otras formas de linchamiento político y mediático, están arruinando vidas y familias, poniendo a inocentes en condición de parias, pudiendo llevar a la ruina a empresarios con los que bancos y clientes ya no quieren tratar, a familias que son sumidas en el ostracismo social y a profesionales a los que nadie quiere contratar por miedo a ser víctima de esa especie de juicios populares que se han puesto de moda en nuestro país.

Y eso nada tiene que ver con la búsqueda de la verdad y solo causa daño y dolor a las víctimas, al destruir honras solo por afanes políticos y electorales.

Queda claro que, en mi caso, lo que buscan es hacer realidad la obsesión, buscada con la miel y la hiel, de apoderarse del diario UNO –como hicieron con arteros padrinazgos con la maniobra que nos obligó a cambiar de nombre-, o simplemente destruirlo.

Les advierto que no lo van a lograr, que si piensan que intentando humillarme al ponerme en condición de investigado abandonaré este entrañable periódico, se equivocan rotundamente. Ya están notificados.

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