Barreras

Yo no sé hablar, por eso escribo. Y aunque ciertamente sé que lo segundo tampoco se me da como especialidad, es una clase de consuelo.

La vez pasada mi madre se cuestionaba porqué éramos seres fríos. Que teníamos barreras entre nosotros mismos, o nos aprisionáramos sin darnos cuenta. Parece tan natural que por eso uno no se da cuenta. Entonces pensé en las relaciones de los padres con los hijos, y los hijos y con amigos. ¿Por qué esa barrera? ¿Por qué esa sincronización? ¿Por qué con uno sí y con otro no? ¿Por qué se me hace tan difícil decirle a mi madre lo que no dudo en hablar con mis amigas? ¿Con qué inmerecible desconsideración? Sé que hay respuestas de conductas psicológicas para esto.

Cuando Lady Diana aprendió a escribir, solía escribirle cartas a mi madre. “Estoy feliz de conocerte, te amo. Gracias por ser la mejor mamá del universo” o “Te amo. Gracias por cuidarme” o “Siempre te amaré”, le decía. Cosas así. Sentimientos. También solía ser cariñosa con ella. Darle besitos y muchos otros mimos.

Si eligiéramos ser niños al querer, con la suave inocencia recorriendo nuestras extremidades queriendo explotar en bondadosas palabras y merecibles acciones. Y si tan solo las palabras fueran una cuestión de abrazo y compañía, sin ocasionar daños, distancias y abismos…

¿En qué momento perdemos tal inocencia y nos invade la vergüenza de expresarnos? Como si fuera una cosa horrorosa y terrible. Jamás nos hemos visto más desnudos que cuando mostramos nuestros sentimientos. Eso es lo único, lo único que verdaderamente es nuestro.