Así fui creciendo

Mis trastornos jamás me han avergonzado. Si no prestaba atención en clase, a ninguna, en el colegio, era culpa de los profesores aburridos y de los libros interesantes que leía, o de la corrección del poema que no terminaba o porque estaba ocupado escribiendo un cuento.

Cuando me dio una depresión profunda, lo atribuí a que el mundo estaba mal organizado y que una sociedad enferma había decretado que los seres humanos se sometieran a reglas absurdas como trabajar ocho horas cada día y cinco o seis veces a la semana.

Que mis libros para adultos se hicieran a fuego lento, y demorarán tanto tiempo en aparecer no era consecuencia de una sutil dislexia y una evidente falta de memoria que me obliga a consultar el diccionario para recordar si tal o cual palabra lleva tilde, aun cuando conozco las reglas.

Que comience a angustiarme porque debo hacer un trámite, como llenar una factura, cerrar una cuenta bancaria o sacar el duplicado de mi brevete, se lo atribuía a que cada día el grado de estupidez y de inexperiencia de los servidores, públicos o privados, es inversamente proporcional a lo sagaz y rápido que soy.

Quizá debí ser diagnosticado y medicado en su momento para que mis angustias no boicotearan mis relaciones personales. Nada me quita de la cabeza que el mundo está organizado para destruir a personas como yo. Pero yo tuve una coraza poderosa, me hicieron creer desde pequeño que siempre fui amado y hermoso, fui celebrado desde muy pequeño en aquello que luego se convirtió en mi profesión, fui seguido en todo momento por gente que pensaba que podía liderarla y siempre estuve rodeado de personas que me han protegido y alimentado la alucinante idea que tengo sobre mí. Puede ser que en privado se digan todo lo contrario, pero eso nunca lo sabré.