Amor a Dios y los pobres

Santa Rosa de Lima

“Estando en sus últimos momentos (…), pidió Rosa que viniesen todos los negros y negras esclavos de la casa (…), y a todos juntos pidió con gran humildad la perdonasen, si en palabra o en obra los había ofendido; y luego les echó su bendición”.

Lo citado es parte del testimonio de María Uzátegui, madrina de Isabel Flores de Oliva (Santa Rosa de Lima), en cuya casa pasó los últimos días de su vida. Ello ocurrió el 23 de agosto de 1617. Horas después, y luego de una prolongada agonía, Rosa pronunció sus últimas palabras: “Jesús, Jesús sea conmigo”.

Falleció al alba del día siguiente, jueves 24 de agosto, fiesta de San Bartolomé. Este testimonio es recogido en el Primer Proceso Ordinario para su Beatificación, develándonos el gran amor de Rosa por los humildes y sencillos, siendo aquel un gesto por el cual cumple el mandato evangélico de amor hacia los últimos, un mandato que a pesar de su corta vida de 31 años, pudo realizar cabalmente.

Santa Rosa de Lima

LA HUMANIDAD DE SU SANTIDAD
Hablar de un personaje que viviera hace 400 años, implica remitirnos a las fuentes más fiables, toda vez que existe una serie de imaginarios sobre su vida que nos lleva a dos delicados extremos: por un lado, la mitificación de su biografía, y por otro, la incomprensión de su santidad dentro del contexto histórico y espiritual del siglo XVII.

De acuerdo al primer caso, muchas veces se le han atribuido hechos y hazañas que jamás llevó a cabo, y que en todo caso idealizan su figura y la convierten en algo inalcanzable, cuando en realidad ella compartió su vida con gente de distintos niveles sociales y vivió además los avatares de una sociedad que recién asentaba tras el fatigoso período de la Conquista.

Recordemos que nació el 30 de abril de 1586, prácticamente a media centuria de la fundación de la Lima. Y con respecto al tema de su santidad, ésta se construyó sobre una naturaleza eminentemente humana, sin dejar de lado la aspiración por vivir fielmente el Evangelio. Muchas veces la mirada sobre su vida se ha reducido solo a su dimensión espiritual (oración, contemplación y mística) o a su rigorismo corporal, lo que conlleva a pensar que ello solo corresponde a determinadas personas elegidas por Dios.

Asimismo, existe el peligro de separar la naturaleza humana entre puro e impuro, o entre lo espiritual y terrenal. Por consiguiente, resultaría difícil vivir la santidad de acuerdo las exigencias que ello demanda. Sin embargo, al examinar la vida de Santa Rosa, nos percatamos que vivió en comunión al binomio fe y acción, es decir, vida espiritual y terrenal. Aquello se convierte en el eje central de su vida. Vive profundamente la fe y aspira a ser fiel al mensaje evangélico en medio de los problemáticas sociales de su época. Su vida nos demuestra que la invitación a la santidad es posible para todos los creyentes.

AL SERVICIO DE LOS POBRES
Rosa de Santa María -como también se la conoce- es una mujer que desde pequeña sufre privaciones en casa, y en diversas ocasiones es poco comprendida por su madre al tratar de llevar una vida espiritual más rígida. Es también quien realiza un sinnúmero de actividades para contribuir a la economía del hogar y aun así tiene gestos y acciones de caridad con los pobres. Su vivencia intensa de Dios no fue algo íntimo, sino que la motivaba con mayor convicción al servicio del prójimo.

Su padre Gaspar Flores, dio el siguiente testimonio con relación a aquello:“dijo que era mujer de grande caridad con su prójimo; y conoció de ella y de su caridad, que si pudiera atraer a su casa el hospital lo hiciera, para ejercitarla con los pobres…”. Esta declaración manifiesta como una fe basada en obras siempre estuvo presente en su vida, y por ello su casa sirvió como una provisional enfermería, sin desmerecer que también edificara una ermita con apoyo de su hermano Fernando, lugar privilegiado de recogimiento y de oración por el sufrimiento ajeno, donde se sentía día a día fortalecida en su caridad.

EL ROSTRO DE LA MISERICORDIA
En conclusión, ¿qué nos muestra este ejercicio de la caridad con el prójimo? Simplemente el rostro de un Dios misericordioso con quien sufre situaciones que podrían calificarse de inhumanas y que dañan su dignidad como persona.

Personajes como Santa Rosa son importantes no solo por sus milagros, sino por vivir bajo el rostro de la misericordia. Y a ello sería congruente citar el reciente mensaje del Papa Francisco con relación a su próxima visita al país, donde señala que el Perú tiene una gran reserva constituida por diversos santos que han marcado la vida de la Iglesia y que han trabajado en la línea “de lo que está disperso a la unidad”. Justamente Rosa de Lima trabajó efectivamente en ese sentido.

Hoy, 400 años después de su muerte, observar su vida en clave de compromiso con el prójimo es necesario para cristianos y no cristianos, porque significa apostar por la justicia en situaciones concretas, creando motivos de esperanza y unidad como sociedad.

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