Agenda política

Hay motivos para que desde la prensa, nuestros círculos familiares y sociales, o el simple ejercicio ciudadano, algunos estemos situados cada vez más lejos del promedio del pensamiento o del sentimiento común en torno a diversos temas de actualidad. Particularmente, abrigo la sensación que vivimos una época de cargamontones, linchamientos, barras bravas y gritos sentenciosos donde se desconocen las fronteras de la ley y de la misma razón.

La muy latina proclividad a comportarnos como muchedumbre – esa que tanto detestaba José Ingenieros y que muy bien describe en su obra “El hombre mediocre” – colectiviza corrientes de opinión emocionales donde, por antinomia, el raciocinio se esfuma. Estamos inmersos, más que nunca, en la lógica de ese canto vernacular compuesto por Filomeno Ormeño llamado Congorito: “todo el mundo corre, caramba, yo corro también”.

Pues no. No todos corremos como todo el mundo y ese es el precio feliz que pagamos por la democracia y la libre expresión, sin necesidad de caricaturizar a quienes nos adversan. No corrí, por ejemplo, detrás de culpar a Rosario Ponce de la muerte de Ciro Castillo sin prever, además, el uso político que el padre de éste le daría después a tamaña tragedia.

No corrí detrás de la mayoría de mis colegas contra el buen proyecto de ley de Javier Bedoya mediante el cual se establecían sanciones a quien interfiere, escucha o difunde comunicaciones privadas que no tengan contenidos delictivos perseguibles. Y tampoco partí raudo a linchar al ministro Daniel Urresti por la acusación meramente testimonial de su “autoría mediata” en el horroroso crimen del periodista Hugo Bustíos.

Y hoy no corro contra la justa determinación de la Contraloría General de la República de separar al vocinglero auditor Julio Sifuentes, cuyo examen preliminar de los posibles entuertos cometidos en la Caja Metropolitana de Lima no le da derecho a exagerar su protagonismo en una institución que – para seguridad del debido proceso administrativo – requiere su voz solo en el papel y para adentro.

Menos lo hago en el tema de la ahora persecución oficial y no judicial a Martín Belaunde Lossio (el ministro Urresti ha dicho que el presidente Ollanta Humala lo ha conminado a “meter un gol” con esa captura. ¿En qué nación bananera estamos, por Dios?), otra víctima “testimonial” de quienes dicen: “yo lo vi cometiendo un delito” en el caso Áncash y sin presentar prueba alguna. El recurso de la Prisión Preventiva, herramienta excepcional en la etapa previa al juzgamiento y sentencia, es hoy arrancada a gritos populacheros y mediáticos de la pluma de los magistrados, aplicándose a personas que – como Belaunde Lossio – no registran antecedentes ni supone peligro de fuga del país, además de ofrecer colaboración a la justicia.

Y por si acaso, no conozco a los implicados en lo de la Caja Metropolitana ni al señor Belaunde Lossio, ni pido que sean exceptuados de toda clase de investigaciones y sanciones si las merecieran. Aclaración más que necesaria en el país Congorito que vivimos. ◘

Reacciones