Pedro Pablo Kuczynski

Es posible, pero lo más seguro es que existe un infierno para los traidores. Dante Alighieri sitúa ese lugar en el noveno círculo del averno. Es el más profundo y terrible y sus huéspedes son, generalmente, políticos.

Se encuentran allí Casio y Bruto, los que dieron el golpe de Estado contra César y lo asesinaron a pesar de ser su partido y amistad.

Reside allí también Antenor de Troya quien traicionó a su patria y la entregó a los griegos. Otro de los habitantes de ese infierno es el arzobispo Ruggieri quien, en vida, presenció la cárcel, tortura y muerte de los inocentes y, en vez de protestar, volvió el rostro hacia otro sitio. Cerca de él vive y sufre para siempre el rey egipcio Tolomeo condenado por ser un corrupto que solicitaba y recibía sobornos del enemigo.

En contraste con la imagen popular del Infierno como un lugar ardiente, el de los traidores está en un lago de hielo llamado COCITO.

La “Divina Comedia” fue escrita hace 700 años. Se trata de una ficción literaria. Sin embargo, sus descripciones de lo que ocurre en el lago COCITO parecen alcanzar a todos los últimos presidentes del Perú, especialmente al actual.

El historiador Nelson Manrique describe a PPK como “un irresponsable que va a provocar crisis… hasta que abandone la presidencia que le ha quedado grande, sea renunciando, o como desenlace de las investigaciones por corrupción, que hasta aquí lo pintan como un asaltante del erario público que ha hecho de la puerta giratoria su modus operandi”.

PPK no tiene salida. El reciente informe presentado por el Banco de Crédito del Perú lo sepulta. 140 documentos de transacciones confirman que, aunque el presidente lo niegue, existieron otras operaciones financieras vinculadas con millonarios proyectos de Odebrecht, la constructora brasileña que fue asesorada por Westfield Capital, cuyo dueño es Kuczynski.

Como si no se diera cuenta de ello, cada mañana, el presidente hace afirmaciones que al día siguiente resultan ser mentiras. Cada mañana, traiciona a quien la noche anterior le había dado la mano. Ni siquiera los kenjistas podrían estar seguros. Tampoco deberían haberlo estado los congresistas que inexplicablemente se abstuvieron de votar la vacancia en diciembre y que así se convirtieron en su tabla de salvación.

Sus felonías no datan de hoy ni de ayer sino de antes de ayer: en 1968, se le acusó de haber extraído 115 millones de dólares del erario público para pagarle a la International Petroleum Company, delito por el cual se escondería en la maletera de un Volkswagen y fugaría luego a Estados Unidos.

En año y medio, ni uno solo de sus actos de gobierno ha sido útil para el país. Se le ha visto arrodillado junto a Keiko Fujimori y bajo la mirada chula del cardenal implorando para que la lideresa le permita permanecer en Palacio.

Los gobiernos débiles tratan siempre de mostrarse autoritarios y prepotentes, es decir lo que entienden por fuertes, y son particularmente fuertes con los débiles.

Eso es lo que ocurre ahora cuando el Ministro de Agricultura polemiza a balazos con los campesinos. Por su parte, el Ministro de Educación la emprende contra los libros y textos para dulcificar la imagen del expresidente Fujimori.

Por fin, el desdichado conflicto interno terminó hace más de 20 años pero el odio no parece morir aún. Después de haber cumplido sus condenas han salido o saldrán de la cárcel los sobrevivientes que las más de las veces penaron sus condenas como si estuvieran sepultados vivos. ¿No sería más inteligente apoyar su reinserción en la sociedad o incluso en el sistema político democrático? Ni Kuczynski ni su antecesor Humala han hecho nada por reconciliar a los peruanos. Ambos necesitan del odio para gobernar.

No hay que buscarle tres pies al gato. El indulto es otro problema. El presidente debe irse cuanto antes por su incapacidad moral para dirigir el país. No sabemos si hay un infierno para los presidentes traidores, pero si hay uno creado por ellos para los pueblos que lo soportan.