La pena de muerte viola el derecho más fundamental, el derecho a la vida

Es la forma más extrema de pena cruel, inhumana y degradante. La pena de muerte se aplica de forma discriminatoria.

Marina Navarro Mangado

Marina Navarro Mangado, directora ejecutiva de Amnistía Internacional Perú, habló del espinoso tema de la pena de muerte que con diversos motivos han lanzado a la palestra del debate diversos sectores principalmente del fujiaprismo.

Al responder las preguntas ¿previene la pena de muerte la delincuencia? ¿ofrece justicia a las víctimas? ¿existe una forma humana de ejecutar?, Navarro es tajante: “Amnistía Internacional se opone a la pena de muerte en todos los casos sin excepción, con independencia del carácter o las circunstancias del delito, de las características y la culpabilidad o inocencia del acusado y del método utilizado por el Estado para llevar a cabo la ejecución”.

—¿Por qué se opone Amnistía Internacional a la pena de muerte?
—La pena de muerte viola el derecho más fundamental, el derecho a la vida. Es la forma más extrema de pena cruel, inhumana y degradante. La pena de muerte se aplica de forma discriminatoria. Se usa con frecuencia contra las personas más vulnerables de la sociedad, incluidas las minorías étnicas y religiosas, los pobres, y las personas con discapacidad psíquica. Algunos gobiernos la utilizan para silenciar a sus oponentes. Cuando los sistemas de justicia tienen deficiencias y los juicios injustos están generalizados, existe siempre el riesgo de ejecutar a una persona inocente.

Cuando se aplica la pena de muerte, es irreversible. Los errores cometidos no se pueden deshacer. Una persona inocente puede ser liberada de la prisión por un delito que no cometió, pero una ejecución nunca se puede revertir.

Roberto Viera
El promotor con segunda de la pena de muerte.

—¿No tienen las víctimas de delitos violentos y sus familias derecho a justicia?
—Sí lo tienen. Las personas que han perdido a seres queridos en crímenes terribles tienen derecho a ver a la persona responsable rendir cuentas en un juicio justo sin recurso a la pena de muerte. Al oponernos a la pena de muerte, no estamos intentando minimizar o aceptar la delincuencia, pero, como han dicho muchas familias que han perdido a seres queridos, la pena de muerte no puede verdaderamente aliviar su sufrimiento. Simplemente extiende ese sufrimiento a la familia de la persona condenada.

—Si matas a una persona, ¿no mereces morir tú también –“ojo por ojo”–?
—No. Ejecutar a una persona porque le ha quitado la vida a otra es venganza, no justicia. Una ejecución, o la amenaza de una ejecución, inflinge un terrible maltrato físico y psicológico. Una sociedad que ejecuta a delincuentes está cometiendo la misma violencia que condena.

“Pichuzo", fusilado por violar y decapitar a un niño de 4 años en 1966.

“Pichuzo”, fusilado por violar y decapitar a un niño de 4 años en 1966.

“Pichuzo", fusilado por violar y decapitar a un niño de 4 años en 1966.

—¿No previene la pena de muerte la delincuencia?
—De acuerdo con la investigación, no. No existen pruebas verosímiles de que la pena de muerte disuada de cometer delitos de forma más eficaz que la pena de prisión. De hecho, en los países en los que se ha prohibido la pena de muerte no han aumentado las cifras relativas a la delincuencia. En algunos casos, la realidad es que han disminuido. En Canadá, la tasa de asesinatos en 2008 fue inferior a la mitad de la de 1976, cuando se abolió la pena de muerte en el país.

—¿Qué pasa con la pena capital para los terroristas?
—Los Estados con frecuencia recurren a la pena de muerte tras producirse ataques violentos, con lo que pretenden demostrar que hacen algo para “proteger” la seguridad nacional. Pero es improbable que la amenaza de ejecución detenga a hombres y a mujeres preparadas a morir por sus creencias, por ejemplo, a terroristas suicidas. Sin embargo, es muy probable que las ejecuciones creen mártires cuya memoria se convierta en un motivo de reivindicación para sus organizaciones. Es muy elevada la probabilidad de que a las personas acusadas de “terrorismo” se las someta a un juicio injusto. A muchas se las condena en virtud de “confesiones” extraídas bajo tortura. En algunos casos, tribunales especiales o tribunales militares establecidos en aplicación de leyes contraterroristas han condenado a muerte a civiles, lo que socava las normas internacionales.

—¿No es mejor ejecutar a una persona que encerrarla para siempre?
—Diariamente, hombres, mujeres, incluidos menores, esperan la ejecución en el “corredor de la muerte”. Independientemente del delito que hayan cometido, de si son culpables o inocentes, un sistema de justicia que valora más el castigo que la rehabilitación se cobra sus vidas. Mientras un preso o presa siga con vida, él o ella mantiene la esperanza de la rehabilitación, o de la absolución si posteriormente se determina que es inocente.

—¿Es asunto de Amnistía que varias sociedades quieran usar la pena de muerte?
—Los derechos humanos, incluido el derecho más básico, el derecho a la vida, son universales y están ratificados por la inmensa mayoría de países en el mundo. Nuestro llamamiento a poner fin a la pena de muerte es consecuente con la misericordia, la compasión y el perdón que enfatizan todas las grandes religiones del mundo. Hasta la fecha, 140 países han abolido la pena de muerte en su legislación o en la práctica, lo que demuestra que casi todas las regiones del mundo, culturas y sociedades comparten el deseo de poner fin a la pena capital.

—¿Qué ocurre si la opinión pública está a favor de la pena de muerte?
—Un apoyo firme del público a la pena de muerte generalmente va acompañado de una falta de información fiable: con frecuencia, se cree erróneamente que reducirá la delincuencia. Muchos gobiernos se apresuran a promover esta creencia errónea, incluso si no existen pruebas que la respalden. Generalmente no se comprenden los factores fundamentales que sustentan la forma como se aplica la pena de muerte, entre ellos, el riesgo de ejecutar a una persona inocente, la ausencia de garantías procesales en los juicios y la naturaleza discriminatoria de la pena de muerte, todo lo cual contribuye a tener una opinión realmente informada de la pena capital.

Creemos que los gobiernos deben ser claros en lo que concierne a esta información, y que deben promover el respeto por los derechos humanos a través de programas de educación pública. Solo entonces, podrá haber un debate significativo sobre la pena de muerte.

Aún así, la decisión de ejecutar a una persona no la puede tomar la opinión pública; los gobiernos deben trazar el camino.

—¿Se está ganando la batalla para abolir la pena de muerte?
—Sí. Actualmente, dos tercios de los países en el mundo han abolido la pena de muerte por completo, o la han dejado de usar en la práctica. Aunque ha habido algunos pasos en retroceso, éstos se deben contrastar con la clara tendencia mundial hacia la abolición. Solo en 2015, Fiyi, Madagascar y Surinam dieron la espalada a la pena de muerte de una vez por todas. Burkina Faso, Mongolia y Corea del Sur están en camino de hacerlo. Europa está casi libre de la pena de muerte. Y Estados Unidos, históricamente una de las naciones más reacias a abandonar la pena de muerte, se está volviendo cada vez más contraria a la pena capital.

—¿Existe una forma humana e indolora de ejecutar a una persona?
—Todas las formas ejecución son inhumanas. A menudo, se defiende que la inyección letal es un método más humano porque, al menos superficialmente, parece menos cruel y salvaje que otras formas de ejecución como la decapitación, la electrocución, la cámara de gas o el ahorcamiento. Pero la búsqueda de una forma “humana” de matar a una persona debería verse como realmente es: un intento de hacer que las ejecuciones sean más aceptables para el público en cuyo nombre se realizan, y que los gobiernos que ejecutan parezcan menos asesinos.