De leones y ratones

Sobre El Gran León, una adaptación del exitoso filme argentino Corazón de León (2013).

Carlos Alcántara

ERNESTO GUEVARA FLORES

Hace una semana se estrenó la comedia romántica peruana El Gran León, una adaptación del exitoso filme argentino Corazón de León (2013). A su vez, el exitoso director peruano Ricardo Maldonado toma la riqueza visual y actoral del filme sureño para intentar una historia sobre simpatía, encanto, melancolía que queda a medio camino al ensamblarla con la picardía criolla de la comedia monologal.

¿Es cierto que el protagonista peruano no entiende la complejidad y riqueza de matices de su homólogo argentino?

El filme argentino logró una notable comedia romántica, además de cierta raigambre popular. Un deleite visual que además rompe una lanza por las diferencias, algo oportunísimo en estos tiempos.

El filme argentino logró una notable comedia romántica, además de cierta raigambre popular. Un deleite visual que además rompe una lanza por las diferencias, algo oportunísimo en estos tiempos.

En el cine peruano, que no es aún cine nacional, hemos visto el año 2017 logradas comedias y dramas sociales, pero también un problema intrínseco a nuestra casi inexistente industria cinematográfica: la ausencia de creatividad mayor, aquella que lleva a no copiar versiones previas. En el caso de El Gran León, cierta ausencia de atrevimiento creativo es reemplazado por una efectiva escenografía de solvencia, prosperidad material, refinamiento.

Ese es, por cierto, uno de los problemas de un posible cine nacional: la discusión es interminable pero la necesidad es una sola. Cine peruano hay, pero cine nacional aun no, entre otras cosas porque no hay industria del cine. Todo país necesita un cine porque éste es su rostro, su imagen al exterior, su identidad visual y artística. Incluso los países más pobres y colonizados intentan o tienen cine. En ese sentido, sí hay cine peruano, porque se hace cine en el Perú, con todos los obstáculos imaginables y sin apoyo institucional.

Eso lo vemos reflejado en muchas películas peruanas, y también en El Gran León. Tomar versiones anteriores sí, pero no solo copiando los planos. La referida ausencia de creación propia lleva que se trivialice la eficiente película argentina, donde la complejidad de la vida cotidiana era superior a la dicotomía de galán-pretendiente; en la versión peruana, el villano está mucho menos logrado que el de la secretaria, por ejemplo. Un poco de componente dramático no estaba de más, un poco de ingrediente emocional, el conflicto personal –y no solo el económico. Hay que agradecer, sin embargo, que en El Gran León algunos actores comprometidos hacen cuajar a varios personajes.

El filme argentino logró una notable comedia romántica, además de cierta raigambre popular. Un deleite visual que además rompe una lanza por las diferencias, algo oportunísimo en estos tiempos. Su versión peruana, que empero está logrando éxito de salas, hizo bien en partir de esos episodios cómicos autónomos, pero debió pasar a la construcción visual -y no solo verbal- de la superación emocional de las limitaciones y de una profundización real de las sensibilidades hoy tan ausentes del cine comercial. No eran necesarias tantas escenas de playa, ni el énfasis excesivo y tan tópico en la cultura del éxito, del crecimiento económico exponencial, del exitismo, de la prosperidad.

Volvamos entonces a los elementos referidos para un cine nacional. Cuando están presentes, y una sociedad se identifica con lo que ve en la pantalla grande, cuando la identidad de un país se construye con imágenes que interrelacionan la industria con el arte y el espectáculo, hay un Cine Nacional. Algo que existe en muchos países, hasta en los más impensables, pero que aún no hay en el Perú.